ARNALDO ALVARADO, EL REY DEL LADRILLO ROJO

("Señales" Revista de Transporte No. 35, 15/7/1997)

La vida es como una gran carrera, con etapas rápidas y otras más pausadas en las que se tiene que ir con calma. Y eso está haciendo ahora Arnaldo Alvarado, caminar con pasos lentos y frágiles, porque los años no pasan en vano y ya son 86 y en verdad pesan. Dejan huellas en el cuerpo y en el alma.

"Estoy sano y eso se lo debo al deporte, pero soy viejo y ya me suenan todas las bisagras". La voz de Arnaldo Alvarado, el "Rey de las Curvas", no suena a tristeza por los años que se fueron, sino a agradecimiento por haberlos vivido tan intensamente, entre motores, autos y competencias; entre compañeros, triunfos y trofeos.

Para alguien que ha vívido tanto, recordar es difícil, y es que las fechas y los acontecimientos se entremezclan y se cruzan, entonces, la memoria se asemeja a un serpentín cimbriante lleno de curvas y vericuetos, casi imposible de recorrer sino se cuenta con una hoja de ruta de esas que se usan en las carreras; pero Alvarado no tiene una cuando se le pregunta sobre su trayectoria.

"Han pasado tantos años" dice en tono evocador. "Yo comencé a correr cuando tenía 26 y viví la misma emoción que siente cualquier joven al hacer algo que le gusta".

El silencio invade la habitacíón. Alvarado ha dejado de hablar y se pone pensativo. Unos segundos después, en su rostro agrietado por el paso del tiempo, aparece un extraño fulgor, da la impresión de que su mente hubiera revivido imágenes del pasado que en algún momento él creyó extraviadas para siempre. Su voz conquista la sala.

"Desde muchacho me gustaron los fíerros. Me metía en los talleres y veía el trabajo de los mecánicos. Conversaba con ellos, oía sus anécdotas, me reía y compartía sus penas. Cuando comencé a competir ya sabía de motores y tenía experiencia. Siempre me tuve confianza. Me sentía muy seguro tras el timón".

El cabelló de Arnaldo Alvarádo brilla como un haz de plata cuando revienta el flash de la cámara iluminando brevemente el rostro del viejo corredor. Alvarado no se inmuta, está acostumbrado a las placas y a los reporteros gráfícos, porque en los años que recorría el país tras el volante de su Ladrillo Rojo, el asedio de la prensa era constante y las hazañas de los pilotos ocupaban grandes títulares y elogiosos comentarios.

"Quién va a recordar sucesos que ocurrieron hace más de 50 años. Sólo me acuerdo que me gustaba competir y que recorrí todo el Perú, incluso llegué a Chile y Argentina. Claro, gané muchas vece pero también perdí eso es lo normal en el deporte. De lo que no me olvido es de la amistad de los compañeros. Eramos íntimos, íbamos a comer, a conversar y reímos juntos".

Ganar o perder son circunstancias inherentes al deporte y a la vida. Alvarado lo sabe muy bien porque sus 86 años han sido una constante lucha por la victoria, en las pistas asfaltadas o llenas de tierra de todo el país, o en las sendas a veces abruptas y desoladas de la cotidianidad.

El "Rey de las Curvas" ahora ya no lucha contra avezados pilotos sino contra el tiempo, el olvido y la enfermedad, y, como en sus épocas de corredor, en esta competencia sigue siendo el primero, el número uno. Casi ínvencible.

"Siempre he tenido fe en Dios, cuando iba a correr me encomendaba a El, creo que eso es normal. Al terminar la carrera, ganara o perdiera, le agradecía porque no me había sucedido nada. Tuve pocos accidentes, recuerdo - dice esta palabra con énfasis como para demostrar que en su mente todavía existen certezas - que una vez atropellé unos burros en el norte. No fue grave. Dios me acompañaba"

El Ladrillo de Alvarado

El auto da la impresión de ser indestructible bajo aquel techo de calamina. Rojo, y con un inmenso número 1 pintado en la puerta, es una fiera dormida que en cua!quier momento despierta para rugir y demostrar su fuerza.

Es un Ford 48 V8. Lo bautízaron Ladrillo Rojo porque los amigos de Arnaldo Alvarado decían: "Arnaldo, tú eres un ladrillo, todo el día te la pasas arreglando tu carro".

Y era verdad, porque el piloto no descansaba en su afán de dejar listo a su Ford 48 V8, y de tanto trabajar en él, fue agarrándole cariño, hasta que ambos se hicieron inseparables. Hoy, a pesar de que han pasado casi 50 años, el piloto y su máquina siguen juntos. El ya legendario Ladrillo Rojo descansa en el taller de Alvarado.

"Mi carro está bien y yo también -dice Alvarado mientras abre la puerta de ese auto que lo acompañó por miles de kilómetros -le tengo gratitud, me ha salido tan bueno, por él he podido ganar muchas carreras. Nunca me falló".

En sus buenas épocas el auto llegó a correr hasta 180 kilómetros por hora. Actualmente, su motor vuelve a encenderse muy de tarde en tarde; en ese momento da la impresión de que todo es como antes y que Alvarado y su Ford todavía pueden competir en miles de carreras.

"Varias veces han querido comprar mi auto, incluso han venido de Chile y Argentina, pero yo nunca lo voy a vender, le tengo mucha gratitud, con él he pasado grandes momentos. ¿Cómo podría venderlo?, para mí no tiene precio". Alvarado coge el timón del Ladrillo, hace un gesto como si estuviera realizando los cambios y cierra los ojos. Seguro que ha empezado a recordar. (R.V.CH.)

Nota del Webmaster: Por gentileza de la Familia Alvarado, "El Ladrillo" está en préstamo a largo plazo en el Museo del Automóvil Nicolini  donde actualmente se exhibe: Av. La Molina cuadra 9. Esquina con Totoritos. Urb. Sol La Molina, Lima 12, Perú
Alvarado siempre se sintio seguro cuando estaba tras el volante del Ladrillio. "Me ha salido tan bueno", dice con gratitud.
Una imagen que sobrevive a pesar del tiempo. El "Rey del la Curvas" afina el motor del Ladrillo.

Datos del Ladrillo Rojo

El Ford 48 adquirido por Alvarado en 1948, fue modifícado para ser utilizado en las competencias. Para que el auto tuviera menos peso se le quitaron los guardafangos y el parachoques posterior.

*En el mismo año que fue adquirido el Ladrillo Rojo compitió en el Gran Premio Internacional Buenos Aires-Caracas. En esta competencia Alvarado fue bautizado el "Rey de las Curvas", porque era inalcanzable en los tramos más sinuosos.

*El Ladrillo se volteó en tres ocasiones. Nunca corrió en pruebas de círcuito. porque estaba preparado para caminos de tierra.

*Encima del parabrisas el ladrillo lleva en letras blancas la inscripción Puquio, en donde nació Alvarado y Nasca, ciudad en la que se desarrolló la familia del "Rey de las Curvas".